Una corporación es una creación social, un invento humano pensado para expandir la capacidad productiva de los individuos en sociedad. Mientras un individuo está limitado por sus cualidades personales en su capacidad de producir bienes y servicios que satisfagan sus propias necesidades y las de la comunidad de la que forme parte, un grupo de personas es capaz de producir más y satisfacer más necesidades, tanto de quienes integran el grupo, como de quienes interactúen con él.
En su libro «Sapiens: De animales a dioses», Yuval Noah Harari aborda el tema de las corporaciones dentro del contexto más amplio de la historia humana y la evolución de las estructuras sociales y económicas. Harari argumenta que las corporaciones son un ejemplo de las «ficciones» que los seres humanos han creado para cooperar en grandes grupos. Estas ficciones incluyen conceptos como el dinero, las naciones y los derechos humanos.
Harari explica que las corporaciones, al igual que las religiones y los sistemas políticos, son construcciones sociales que existen porque las personas creen en ellas colectivamente. Esta capacidad de creer en entidades abstractas y cooperar en torno a ellas ha permitido a los humanos organizarse en sociedades complejas y llevar a cabo proyectos a gran escala.
Como ficción, las corporaciones son creaciones del sistema legal, que les asigna la capacidad para ser titulares de derechos y obligaciones diferenciadas de la de sus creadores e integrantes. Además, es el sistema legal el que determina cómo se crean, cómo se conducen en sus actividades normales y la manera en la que se relacionan a lo interno y con todos los actores sociales con los que interactúen.
La idea de la corporación tiene una larga historia. En sus inicios, las corporaciones eran agrupaciones de individuos que se unían para realizar actividades comerciales y religiosas. Durante el Imperio Romano, se reconocieron entidades corporativas que podían poseer propiedades y realizar contratos, lo que sentó las bases para el desarrollo de la figura jurídica de la corporación.
En la Europa medieval, los gremios y asociaciones comerciales comenzaron a regular la competencia y a proteger los intereses de sus miembros, marcando el comienzo de una organización más formalizada en el ámbito económico.
Con el surgimiento del mercantilismo en el siglo XVII, las corporaciones adquirieron un papel crucial en las operaciones coloniales. Ejemplos emblemáticos como la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y la Compañía de las Indias Orientales de Inglaterra fueron creadas con el propósito de monopolizar el comercio en territorios lejanos, obteniendo poderes casi gubernamentales. Estas corporaciones no solo buscaban beneficios económicos, sino que también actuaban en nombre del Estado, lo que les confería un estatus especial y privilegios únicos.

El siglo XIX fue testigo de una transformación significativa con la Revolución Industrial, que impulsó la necesidad de estructuras empresariales más complejas. La creación de leyes que permitían la incorporación facilitó el establecimiento de empresas con responsabilidad limitada, lo que significaba que los accionistas no serían personalmente responsables por las deudas de la empresa. Este cambio legal permitió un crecimiento exponencial en el número y tamaño de las corporaciones.
Hoy, la economía global está dominada por las corporaciones. Tanto en las actividades que persiguen el enriquecimiento de sus socios o accionistas, como las que persiguen brindar bienes y servicios sin fines de lucro, la organización y gestión de los recursos necesarios para el logro de los objetivos que se persiguen se hace a través de corporaciones.
De hecho, la última revolución tecnológica, marcada por el desarrollo de la inteligencia artificial, fuentes sostenibles de producción energética y la automatización de procesos productivos y distribución de bienes de consumo, por nombrar solo algunos, está impulsada por corporaciones como Alphabet (Google), Meta (Facebook), Apple, Microsoft, Amazon y Walmart.
Atrás quedaron los días en los que la innovación y la creación de empleos y riqueza era tarea de una persona virtuosa y genial como Thomas Alva Edison.
Bill Gates, Steve Jobs y Jeff Bezos tienen en común que sus visiones se hicieron realidad y existen como corporaciones, con accionistas, inversionistas y equipos multidisciplinarios.

Es en este escenario en el que el abogado corporativo existe. Su cliente no es un ser humano, sino la organización en sí misma, todos sus integrantes representados por el órgano de dirección que se ha dado la corporación.

Proteger y defender
Las corporaciones tienen dos espacios de relaciones económicas y jurídicas. Uno interno y otro externo.
En las relaciones internas las corporaciones son deudoras frente a sus socios, determinan la forma en la que se organizan, establecen normas y políticas de funcionamiento y regulan sus relaciones laborales.
Las relaciones externas se refieren a su actividad comercial con proveedores y clientes, las regulaciones que les impone la sociedad para desarrollar su actividad, los tributos, la gestión de sus activos de propiedad intelectual y, en fin, cualquiera que sea manifestación de su existencia en el mundo externo.
Todas estas relaciones suponen obligaciones, deberes, derechos e intereses. Estos son el objeto de estudio y el oficio del abogado corporativo.
El abogado de una corporación debe tener un amplio ámbito de conocimiento para comprender distintas ramas del derecho positivo, pero también debe comprender la forma en la que se toman decisiones sobre la administración de recursos, estrategias de competición y todo cuanto pueda representar una oportunidad o amenaza para la organización en el ámbito jurídico.
Proteger
Uno de los retos más importantes para abogados corporativos es gestionar sus relaciones con los accionistas y directivos de la corporación, para quienes el derecho puede significar una restricción a la innovación.
Así, el abogado debe persuadir a los tomadores de decisiones de que el cumplimiento normativo, antes que un obstáculo, representa mitigar riesgos de responsabilidad civil, administrativa y penal, amén de propiciar la sostenibilidad de la operación y la creación de valor compartido.
En ese sentido, estudios científicos han planteado que, distinto a lo que muchos piensan, el cumplimiento normativo puede constituirse en un catalizador de la innovación.
El cumplimiento normativo planificado y sistemático, «compliance» como se ha popularizado en la literatura jurídica, supone conocer a profundidad la organización, saber cómo está formada, su misión, su visión, sus actividades y relaciones, sus proyectos y todo cuanto pueda determinar cuáles son las normas jurídicas que la regulan, las obligaciones, deberes y derechos que el ordenamiento jurídico le otorga.
Con ese conocimiento, el abogado corporativo debe diseñar y ejecutar un plan de acción con objetivos realistas de información, ejecución y verificación del cumplimiento de obligaciones y deberes impuestos o asumidos por la organización, bien por normas de carácter general, por directivas de órganos reguladores o por políticas internas y contratos suscritos por la organización.
Esta es la manera en la que el abogado corporativo protege a sus clientes.
Defender
Por otro lado, siempre se pueden producir conflictos en las corporaciones, bien sea a lo interno o a lo externo. Por esto es importante tener una visión estratégica sobre cómo reducir el riesgo de que se presenten y, si en efecto se materializan los conflictos, el abogado debe diseñar y aplicar mecanismos eficientes y eficaces para su gestión y resolución.
Un conflicto es una circunstancia en la que los intereses de la organización se perciben como contrapuestos e incompatibles con los intereses de una de las personas con las que se relaciona en su ámbito interno o externo. Esto incluye a los socios de la organización, sus aliados, clientes, proveedores, reguladores y competidores.
El primer paso es determinar la veracidad de la percepción de conflicto. En muchos casos esta percepción puede estar equivocada y los intereses que parecen estar en contradicción pueden ser, de hecho, complementarios. En estos casos lo ideal es construir soluciones que satisfagan de mejor manera todos los intereses involucrados, para lo que los medios alternativos de resolución de conflictos (MARC) como la negociación, mediación y conciliación juegan un papel fundamental.
Cuando los intereses de la organización no pueden ser satisfechos de forma coordinada con los del adversario, porque la satisfacción de unos supone la aniquilación de los otros, el Derecho dispone de mecanismos para delegar la gestión y resolución del conflicto en un tercero imparcial quien, después de escuchar los alegatos de cada una de las partes, adjudica la solución declarando que una de las partes ha logrado demostrar que tiene razón en sus pretensiones. Este es el rol del arbitraje y de los tribunales estatales.
El abogado corporativo, entonces, debe conocer muy bien los derechos, deberes, obligaciones e intereses de su organización, de la manera más amplia y profunda posible, para poder plantear y ejecutar una estrategia que haga el mejor uso de los recursos disponibles y reduzca el riesgo de sufrir pérdidas previsibles.
Así se defiende a la organización en cualquier espacio.
Pensamiento estratégico
Tanto para proteger como para defender, el pensamiento estratégico es clave. Esta palabra «estrategia» es usualmente empleada para designar algo importante o para referirse a una idea de cómo hacer las cosas.
Si bien la palabra tiene un origen militar, se ha popularizado en el mundo de la política general, los negocios, los deportes, el derecho y cualquier otro espacio en el que se deban tomar decisiones sobre cómo obtener el logro de objetivos individuales o grupales.
En donde sea de se proponga el uso del pensamiento estratégico, el primer paso es comprender cuál es el objetivo que se persigue, de qué recursos se dispone y de qué forma se pueden emplear esos recursos para el logro del objetivo propuesto.
Los tres elementos básicos de toda estrategia son interdependientes entre sí, de manera que al ser analizados de forma integrada, se pueden producir cambios en uno por las características del otro. Así, por ejemplo, si no existen medios adecuados para el uso de recursos disponibles por circunstancias que escapan al control propio, debe ajustarse el análisis de los recursos y esto, a su vez, puede llevar a la necesidad de ajustar el objetivo planteado para que sea realizable.
En sociedades en las que impera una debilidad institucional que limita el ejercicio pleno de los derechos y se presenta una primacía del poder sobre la razón, el pensamiento estratégico es fundamental para lograr cumplir con la misión del abogado corporativo: proteger y defender los intereses de su organización.
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